Siempre pensé que salir a flote era más gratificante que sumergirse. Que, después de un chapuzón, los poros absorbían el líquido con facilidad, hasta quedar ahítos, henchidos y esponjados. Y secos. Siempre pensé que la desintoxicación podría interpretarse como una suerte de camino de vuelta, desde ese culmen de relativismo e irrealidad que conlleva todo extremo hasta la sólida superficie de la consciencia.
Siempre pensé que las letras de las canciones, los finales de las películas, los nicks de messenger, las postales en blanco y negro y las mesas de restaurante para dos formaban parte de un sutil complot orquestado para edulcorar el paso de nuestros días, una carcasa, en definitiva, que sonaba a hueco cuando la golpeabas con los nudillos. Pero no. Todo es denso, compacto, reflejo de una realidad tan grave que verla representada con aires naïf y corazoncitos parece una burla grotesca.
Nada es como parecía.
Pues vaya.




