América es de pétalos y olores espesos,
de soles exprimidos que vierten
su néctar color naranja
sobre las bocas de metro, las aceras sucias,
los puestos de comida.
América sabe a extremos insolentes que sonríen
en los semáforos
y tras las ventanillas cubiertas de polvo.
América está hecha de patatas fritas soberbias
y cereales sumisos, el aire suele hacerse
monumento entre tanto pestañeo mundano
y se oyen voces,
siempre voces,
de regusto a lejanía, pero tan trenzadas
con las ciudades en cuadrícula
que resuenan orquestadas, ya sin tez
ni pasaporte.
América es un esqueleto sinuoso a medio revestir
arqueado en el trópico de su cadera,
con la cabeza bullendo de ardillas y estrellas,
los pies descalzos y morenos,
las piernas largas, perfumadas,
y el alma hecha de luz en mil fragmentos.